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La absorción tecnológica vs. las horas trabajadas: ¿Qué importa realmente?

  • Foto del escritor: Lizeth Ramon Jaramillo
    Lizeth Ramon Jaramillo
  • 1 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 22 ene

Con la nominación y posterior otorgamiento del Premio Nobel de Economía, Philippe Aghion y Peter Howitt volvieron a poner en el centro del debate la importancia del desarrollo tecnológico para el crecimiento económico, a través de su premiada teoría del crecimiento sostenido mediante la destrucción creativa. Si bien su planteamiento teórico no es completamente nuevo, ya que el concepto de destrucción creativa fue popularizado originalmente por el economista Joseph Schumpeter, sus aportes empíricos y el desarrollo de modelos matemáticos dejaron en evidencia que muchos modelos de crecimiento económico, centrados en la acumulación de capital o de mano de obra, no explicaban plenamente cómo es posible sostener una expansión económica continua durante siglos. La teoría de la destrucción creativa desplaza el foco hacia el papel de la innovación tecnológica endógena, producida dentro de la propia economía, como principal motor del crecimiento sostenido, un argumento que Paul Romer también desarrolló y que ayuda a comprender por qué algunas economías innovan y prosperan mientras otras se estancan.



A pesar de que sus bases teóricas y metodológicas son sólidas, también es cierto que sus mediciones suelen enfocarse en países desarrollados, donde la acumulación de capital y otros factores permiten la generación de tecnologías orientadas a reducir el número de horas trabajadas por la población. Pero ¿qué ocurre en los países en desarrollo, donde el capital no es suficiente siquiera para la absorción de tecnología obsoleta proveniente de los países desarrollados, y donde las horas trabajadas son mayores a las observadas en los países líderes?

Me gustaría en este punto tomar como países de referencia a Ecuador y México, con especial atención, ambos clasificados por el Banco Mundial en 2014 como países de ingresos medios-altos, a pesar de las diferencias en tamaño poblacional y en sus estructuras productivas y económicas. Aunque estas no son las únicas características que los distinguen. Lamentablemente, en Ecuador el retraso en la absorción y creación de tecnologías no es la única limitante para su crecimiento y desarrollo económico; también lo es el número de horas dedicadas a la actividad laboral. Dentro de un grupo de seis países, entre ellos China y Estados Unidos (líderes económicos mundiales), Perú y Colombia (países fronterizos), México y Brasil (economías destacadas en ALC), Ecuador registra el menor número de horas trabajadas por trabajador al año, con 1.594 horas, muy por debajo de sus homólogos fronterizos (45%), de los líderes mundiales (29%), de México (2%) y de Brasil (25%).

Aunque la intuición económica sugiere que un mayor desarrollo tecnológico implica menos horas trabajadas como resultado de mayores niveles de productividad, la experiencia de las economías líderes, que actualmente están asumiendo roles hegemónicos en el contexto de una guerra geopolítica, cuestiona esta interpretación. China, en particular, registra un 18% más de horas-hombre que las economías latinoamericanas consideradas, lo que sugiere que el avance tecnológico no elimina el trabajo en términos agregados, sino que lo reorganiza y lo convierte en un complemento indispensable del crecimiento sostenido.

En este sentido, la destrucción creativa no implica necesariamente una reducción de las horas trabajadas como consecuencia del desarrollo y la absorción tecnológica, sino que supone una transformación en la naturaleza del trabajo. Esta transformación exige trabajadores con habilidades específicas y una formación adecuada, ya que son capaces de utilizar la tecnología para crear y capturar valor. En consecuencia, los avances tecnológicos complementan la mano de obra, incrementan la producción de maneras que generan una mayor demanda de trabajo e interactúan con los ajustes en la oferta laboral.



En este contexto, el crecimiento sostenido no depende exclusivamente de la incorporación de nuevas tecnologías ni de la reducción del tiempo de trabajo, sino de la capacidad de las economías para articular ambos elementos de forma complementaria. La experiencia de las economías líderes sugiere que el desarrollo tecnológico requiere una utilización elevada y eficiente del trabajo para traducirse en mayores niveles de producción y bienestar. Así, más que elegir entre tecnología u horas trabajadas, el verdadero desafío radica en transformar las horas de trabajo, apoyadas en tecnología, para crear valor económico sostenible.

 
 
 

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